lunes, 5 de septiembre de 2016

¡Dios te salvó!


Ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús”
Romanos 8:1


Esta condenación fue remitida por medio del sacrificio que Cristo hizo en la cruz al ofrecer su vida para salvarte de las consecuencias del pecado y darte así la vida eterna. Necesitas mantener firme la certeza que Dios comparte su eternidad contigo mediante el regalo de su Hijo Jesucristo. “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él. El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios” (Juan 3:16-17). Necesitas tener la firme convicción del mensaje del evangelio y retenerlo en tu corazón. “Si retenéis la palabra que os he predicado, sois salvos, si no creísteis en vano. Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras” (1 Corintios 15:2-4). No permitas que tu lógica afirme lo contrario; no la antepongas...  “Porque la palabra de la cruz es locura a los que se pierden; pero a los que se salvan, esto es, a nosotros, es poder de Dios.” (1 Corintios 1:18). Necesitas orar para que la Palabra de Dios se impregne en lo más profundo de tu espíritu; es así como nadie podrá arrebatarte la convicción firme en su contenido y el deseo intenso de ponerla en práctica.     Entenderás entonces que tu vida no transcurre en vano. “Así que, hermanos míos amados, estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano. (1 Corintios 15:58)



¡Dios te salvó!

“Porque nosotros también éramos en otro tiempo insensatos, rebeldes, extraviados, esclavos de concupiscencias y deleites diversos, viviendo en malicia y envidia, aborrecibles, y aborreciéndonos unos a otros. Pero cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador, y su amor para con los hombres,  nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo, el cual derramó en nosotros abundantemente por Jesucristo nuestro Salvador, para que justificados por su gracia, viniésemos a ser herederos conforme a la esperanza de la vida eterna.”
2 Timoteo 3:7







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José Alfredo Liévano.

PENSEMOS EN DIOS
@JAlfredoLievano
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