Un destino sorprendente, definitivo, eterno y glorioso, es lo que nos espera a los hijos de Dios; por lo tanto, que las aflicciones presentes no nos roben la paz. "Pues tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse" (Rm 8,18).
Los hijos de Dios tenemos garantizado un destino sorprendente, definitivo , eterno y glorioso, en donde ya no habrá dolor y muerte. "El Señor aniquilará la muerte para siempre" (Is 25,8); un destino en donde el consuelo y la paz será una realidad definitiva. "Vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra pasaron, y el mar ya no existía más... enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron" (Ap 21. 1,4)
Un destino sorprendente, definitivo, eterno y glorioso es lo que nos espera; que tal certeza nos llene de paz mientras dure nuestro breve peregrinar terrenal. "Como se dice en la Escritura: «Dios ha preparado para los que lo aman cosas que nadie ha visto ni oído, y ni siquiera pensado.» (1 cor 2,9)
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